Basado
en un artículo de Theodore Levitt.
Las compañías pueden evitarse problemas
dándose cuenta desde un principio de la necesidad
de manejar sus relaciones con los clientes. Esto implica
prestar atención especial a un aspecto de la relación
que muchas veces se olvida: el tiempo.
Como los ciclos de compra de los productos y de los componentes
mayores cada vez son más largos, las necesidades
que deben atenderse han cambiado. Consideremos los ciclos
de compra y los servicios de respaldo. En esas condiciones,
la decisión de compra no consiste en decidirse por
un artículo (tener un romance casual) sino en optar
por una relación estable (contraer matrimonio). Para
esto, la orientación y la estrategia del vendedor
deben ser nuevas. Ya no basta con vender.
Consideremos el marketing. Aquí, la empresa vendedora
está físicamente cerca de sus compradores,
y puede penetrar en sus dominios para saber cuáles
son sus necesidades, sus deseos y sus temores, y luego diseñar
y suministrar el producto tomando en cuenta esas consideraciones.
El vendedor, en lugar de tratar de inducir a los compradores
a desear lo que él tiene, trata de tener lo que ellos
desean. El "producto" ha dejado de ser un artículo
para convertirse en todo un paquete de valores que satisfacen
a los clientes -es un producto "agregado".
Los compradores buscan proveedores que cumplan lo que prometen,
que suministren continuamente lo que han ofrecido y se mantengan
firmes en sus promesas. Atrás ha quedado la era de
la aventura de una sola noche. Los productos son demasiado
complicados, y repetir las negociaciones es demasiado engorroso
y costoso. La interfaz se convierte en interdependencia.
Las estructuras de capital del vendedor y del comprador
son diferentes, lo mismo que su situación competitiva,
sus costos y los objetivos que los impulsan a comprometerse
mutuamente. El vendedor hizo una venta que debe generar
una utilidad. El comprador adquirió una herramienta
con la cual espera producir cosas que le generen utilidad.
Para el vendedor es el final del proceso; para el comprador
es apenas el comienzo. Sin embargo, su interdependencia
es inevitable y profunda.
Para que estas relaciones de dependencia tan diferentes
funcionen, la compañía vendedora debe comprenderlas
y planear la manera de administrarlas antes de contraer
el matrimonio.
Es lógico que un cliente a quien se le ha prometido
la Luna espere que se la entreguen. Pero si las personas
que hacen las promesas reciben sus comisiones antes de que
el cliente obtenga todo lo que negoció, lo más
probable es que no se sientan obligadas a cerciorarse de
que el cliente quede totalmente satisfecho. Una vez hecha
la venta, saldrán a buscar otra presa. Si marketing
planea la venta, ventas la hace, producción entrega
el producto y servicios se ocupa del servicio, ¿quién
está a cargo y quién tiene la responsabilidad
de todo el proceso?
Los problemas no se deben únicamente a que los incentivos
sean diferentes para cada uno, y a que cada cual tenga una
opinión diferente del cliente, sino también
a que las organizaciones son unidimensionales. El personal
de la compañía rara vez ve más allá
de las paredes. Lo de afuera "no tiene nada que ver
conmigo", y eso "no se puede cambiar".
Cuando la gestión no es buena, la relación
se deteriora porque ambas organizaciones tienden a mirar
hacia adentro, y no hacia afuera para verse mutuamente.
Cuando la organización que vende se orienta hacia
adentro, el resultado es la falta de sensibilidad y de respuesta
en las relaciones con sus clientes. En el mejor de los casos,
la interacción auténtica es reemplazada por
formalismos burocráticos.
Una de las señales de que la relación va cuesta
abajo es la ausencia de quejas del cliente. Nunca nadie
está satisfecho hasta ese punto, especialmente durante
mucho tiempo. En ese caso, o el cliente no es sincero o
nadie se ha ocupado de hablar con él -o ambas cosas.
La falta de sinceridad indica que ha perdido la confianza.
Cuando todo estalla, por lo general es demasiado tarde para
corregir la situación, o es demasiado costoso hacerlo.
El vendedor también puede llegar a depender del comprador
de varias maneras importantes. La más obvia es cuando
depende de un determinado porcentaje de sus ventas. Menos
obvia es la dependencia desde el punto de vista de la información
importante que obtiene del comprador, incluida la forma
en que cambia el negocio de éste, el efecto que los
cambios pueden producir en las compras futuras, y lo que
ofrecen los competidores en lo que se refiere a productos
o materiales de sustitución, precios y servicios.
Si la relación es buena, el comprador comparte con
el vendedor sus planes y expectativas, o, por lo menos,
pone a su disposición la información pertinente.
Con esa información, el proveedor puede buscar la
manera de servir mejor a su cliente. Por tanto, lo que se
desarrolla es un sistema de dependencias recíprocas.
Para manejar las relaciones se necesitan programas de mantenimiento,
inversión, mejoramiento y hasta reemplazo, en toda
la compañía. No depende tanto de los buenos
modales, las relaciones públicas, el encanto, el
tacto, los adornos o la manipulación, como de una
buena gestión. Es muy sencillo decir: "veremos
qué sucede y lo llamaremos después" o
"¿cuándo almorzamos?". Estas son
tácticas de distracción y dilación
que no contribuyen a fortalecer las relaciones.
Para manejar eficientemente las relaciones los gerentes
deben cumplir con cuatro requisitos:
1. Conciencia: comprender tanto los problemas
como las oportunidades.
2. Evaluación: determinar dónde
se encuentra la compañía, especialmente en
cuanto a lo que necesita para lograr los resultados deseados.
3. Responsabilidad: exigir informes periódicos
sobre las relaciones individuales y colectivas a fin de
compararlas con otras medidas de desempeño.
4. Actuaciones: tomar decisiones, hacer
asignaciones y establecer rutinas y comunicaciones sobre
la base de su impacto en las relaciones hacia las cuales
van dirigidas. Reforzar constantemente la conciencia y las
actuaciones.